El hábito de cuantificar el vivir

¿Y cuanto hay pa eso?

Una cualidad común dentro de la contemporaneidad se encuentra en la búsqueda por estructurar de alguna forma el vivir. La experiencia vida no espera por nadie ni por nada y su culminación (la muerte) ha sido asunto de meditación e intenso debate a lo largo de la historia de la humanidad. Son muchas las formas de estructurar el vivir, siendo una de ellas la cuantificación. El propósito de las siguientes líneas consiste en una invitación a reflexionar acerca de cómo la cuantificación se ha constituído en un hábito en la modernidad, configurando el vivir de una forma instrumental. Se pretende asimismo explorar diferentes manifestaciones de la cuantificación en la vida y sus consecuencias en la estructuración de la misma.

Si algo puede caracterizar la experiencia vida es su profunda heterogeneidad. La diferencia es una de las condiciones del vivir, la cual para algunos deviene lamentablemente en angustia y ansiedad. La cuantificación como medición es una forma efectiva de reducir tal heterogeneidad unificando la diferencia en un valor discreto, siendo esta una de sus primeras ventajas a la hora de estandarizar el vivir. La transformación de las cosas, las personas y las situaciones en números crean un sentido de homogeneidad que si bien es momentáneo, es suficiente para agrupar lo diferente, reduciendo consigo la angustia que genera lo distinto.

No sabemos que sucederá con claridad en el futuro, pero creemos que existirá tal.

La cuantificación del vivir es una manifestación evidente de las consignas célebres del proyecto moderno, a saber, orden y progreso. El sueño de la ilustración se encuentra actualmente en plena realización, si podemos concebir el mismo fuera de la valoración moral; comprendiendo que el progreso no necesariamente apunta al bienestar (sea este individual o colectivo) sino a la secuencia de lo que la palabra pretenda apuntar. Dicho de otra forma, la vida es el constante progreso de situaciones, pero estas situaciones y su desenvolvimiento no pretenden que el camino ya tendido/trazado/propuesto tenga como fin último el bienestar. La cuantificación ofrece la secuencia, permitiendo crear un sentido de seguridad a través de la previsión y la predicción: No sabemos que sucederá con claridad en el futuro, pero creemos que existirá tal.

El hábito de cuantificar el vivir se encuentra inserto de una forma estructural dentro de muchas categorías cotidianas. Una de estas es el tiempo, el cual además en muchos casos se enlaza con otra categoría muy propia del proyecto moderno, a saber, el dinero. El tiempo es oro se escucha constantemente: el tiempo cuenta algo aunque no sepamos con exactitud que. Cuando y cuanto van de la mano dentro del vivir en la contemporaneidad, cuando como una forma de organizar la acción y cuanto como la cantidad de esfuerzo que se solicite para su consecución. La cuantificación referente al dinero permite además iluminar otra manifestación de su aplicación moderna, la acumulación. La expresión práctica de la acumulación se encuentra en cómo el dinero dictamina el valor de muchos aspectos de la vida, su amontonamiento crea una sensación de poder poseer lo que sea, disminuyendo lo que se pretenda valorar a mero instrumento o cosa.

No obstante, la cuantificación así como reduce también amplifica. Podemos ver este último uso dentro de ciertos discursos políticos, donde la lógica del percentil es la frecuente protagonista: “El 50% de los electores está de acuerdo con la decisión del alcalde”. Surgen muchas preguntas a partir de tal predicación: ¿50% de que universo? ¿En qué medida están de acuerdo con la decisión?. Se puede ver a través de este breve ejemplo como la cuantificación usada abyectamente puede dejar por fuera aspectos cualitativos fundamentales.

Finalmente, se puede comprender la cuantificación como una forma aplicada de la razón, siendo así una manera de trascender nuestra propia finitud y animalidad. A principio del siglo XXI el ser humano aún se comprende dentro de la categoría macro de la animalidad, en la cual deposita además mucho de lo que no comprende de sí mismo como humano. La razón es el punto de separación con el mundo animal, y la cuantificación una aplicación que permite trascender (y dominar) tal naturaleza.

El mal hábito del piropo grosero

Las pasarelas absurdamente inesperadas.

 

Una particularidad distintiva de la vida contemporánea es la primacía del ojo y el mirar sobre todos los demás sentidos. La observación nos permite aprehender información acerca del mundo y de los demás de una manera inmediata, funcionando tanto como constitución así como justificación de nuestro conocer. La experiencia de vivir en una ciudad pasa por estar constantemente (voluntariamente o no) expuesta a una serie de imágenes que pretenden evocar e invocar una diversidad de situaciones, productos, necesidades e inclusive personas particulares. Desde esta perspectiva observar parece a veces inevitable; pero una cosa es observar y otra verbalizar lo que la imagen (sea cual fuere ésta) pueda suscitar.

 

El siguiente artículo pretende constituirse en una invitación a reflexionar acerca de las consecuencias de ciertas verbalizaciones groseras (que además pretenden pasar como piropos o elogios) y como tal actitud, ya hecha hábito en sociedades latinoamericanas, mella en el tejido social necesario para hacer de lo público un sitio de estadía, de reconocimiento del otro y no de mero tránsito. Lo público se ve reducido para muchas personas en sudamérica a un espacio hostil, para muchas mujeres la ciudad se encuentra llena de pasarelas absurdamente inesperadas, espacios donde se encuentran sujetas a una serie de verbalizaciones (no deseadas) las cuales deben soportar además diariamente.

Para empezar es preciso comprender tales verbalizaciones en dos dimensiones: la de su forma y la de su contenido. Es necesaria tal separación en la medida que el asunto crítico aquí no se reduce a la verbalización en sí o a su contenido, refiere también a su forma: a quién lo ejecuta y dónde se efectúa. El mal hábito del piropo grosero da cuenta de una verbalización (no deseada), que transforma negativamente no sólo ciertos espacios sino también a sujetos, cuando estos últimos transmiten información de manera hostil e inesperada.

El mal hábito del piropo grosero transforma negativamente no sólo ciertos espacios sino también a sujetos

La verbalización vox populi actúa en nuestras sociedades latinoamericanas como una forma de legitimación del macho latino; es la lamentable representación actual e inmediata de la masculinidad, que se reafirma dualmente, en primer lugar confirma la condición del “macho” frente a quien evoco tal “halago” y en segundo frente a otros hombres, los cuales usualmente para reafirmarse a sí mismos deben aplaudir tales predicaciones. El piropo no sólo es hostil gracias a su carácter público o su contenido, el tono de la predicación es asimismo fundamental dentro de su desarrollo negativo, así como la postura corporal invasiva que algunos toman al predicarlos. Piense en una postura de contención: como si quien lo habla estuviese esforzándose en no realizar su grosera predicación.

 

El piropo grosero es dentro de la modernidad otra forma en que se devalúa la sensualidad. El mismo evoca inmediatamente, una sexualidad no solicitada, siendo la reafirmación de la condición moderna de la instrumentalidad donde la sexualidad es un instrumento más que se puede usar de una forma “adecuada” y que tiene además sus espacios y momentos “propios”. A través de este pésimo hábito, la sexualidad se configura mecánicamente, circunscribiendo el halago meramente a su potencial aspecto sexual. En la Sudamérica actual para muchos es un logro (y digno de trabajo y aplauso lamentablemente) ser fuente de atracción sexual y lo corporal se ha disminuido de manera mezquina a lo exclusivamente genital. Una buena ilustración de esto se puede encontrar en Venezuela cuando la mujer desde algunos discursos es referida como “culo” o “culito”.

El piropo grosero es dentro de la modernidad otra forma en que se devalúa la sensualidad

El constante llamado de atención sobre estas áreas que son sujeto de tales  “elogios” generan una antipatía por el espacio público y cancelan su cualidad de sitio de encuentro, así como de reconocimiento. El piropo grosero propicia los desencuentros, cierra espacios de la ciudad a personas en la medida que otros no pueden contener sus verbalizaciones. No contribuyas al desencuentro, ¡evítalos!

El encanto del hábito musical

La música ocupa dentro de la contemporaneidad tanto una actividad que se realiza constantemente como un sitio muy particular. El presente artículo pretende constituirse en una invitación a la música desde tal dualidad, como un espejo de su propia cualidad multidimensional.

 

Toda la música como expresión sonora ocupa un tiempo determinado, pero ese tiempo no se vive unívocamente y en este sentido, la música ilustra perfectamente las profundidades posibles dentro de la experiencia con y frente a las obras de arte. Desde la categoría tiempo es factible establecer otra dualidad, tenemos por un lado el tiempo exterior, el cual se encuentra en sintonía con el tiempo común y compartido (el de su reloj de muñequera) y por el otro, el tiempo interior. El tiempo interior es la forma en que cada cual vive la experiencia musical.

Imagine usted, estimado lector, como a veces esperar una hora puede convertirse en una eternidad, mientras si esa misma espera, es acompañada de una selección musical, el tiempo se puede ir volando. Tal propiedad (de encantamiento dirán algunos poetas) de la música permite su realización constante como hábito: Tiene la capacidad de reducir la pesadez de la vida moderna, esa vida donde muchos se repiten constantemente unos a otros el tiempo es oro.

La música tiene la capacidad de reducir la pesadez de la vida moderna

La música posee la capacidad de acelerar situaciones indeseables, facilitando el desplazamiento por espacios hostiles externos (tráfico o el propio trabajo para algunos) así como internos, logrando acallar problemáticas de cariz psicológicas donde a veces necesitamos inclusive olvidarnos de nosotros mismos. La música es un sitio donde podemos habitar, donde no sólo se realiza una actividad de una forma rutinaria o mecánica, sino donde también existe la posibilidad de transformar la realidad compartida, bien sea en una separada de los demás, o en sitio de encuentro con los otros.

En este sentido, usamos la música bidireccionalmente; nos acompaña rutinariamente como impulso para realizar algunas actividades individuales que tomamos usualmente como medios y no fines (por ejemplo,  trotar o estudiar) y asimismo nos acompaña y funciona como un punto de encuentro social: un sitio con una selección musical buena puede atraernos mientras que una mala nos aleja inmediatamente; una persona con un gusto musical afín puede atraernos así como con un gusto musical distinto alejarnos.

Usamos la música bidireccionalmente; nos acompaña rutinariamente y sirve como un punto de encuentro social

La música pasa a reafirmarse como hábito en la medida en que permite, por su propia facultad transformativa, constituirse en una ventana efectiva a la imaginación. Logra darle color a las grises estructuras de la ciudad, donde cada vez es más común ver a sus ciudadanos (sin importar edad, estrato socioeconómico o raza) dentro de su propio mundo, acompañado por audifonos desplazándose por la hostil y mecánica vida moderna.

Finalmente, retomando la cualidad multidimensional de la música es preciso tener siempre presente una propiedad que permite su constante realización como hábito, a saber, la propia infinitud musical. Como bien se mencionó anteriormente la música posee dos tiempos. Desde esa noción del tiempo, superficialmente pudiéramos decir que cualquier canción por su extensión limitada (en ese plano) siempre dice lo mismo y se encuentra además dentro de la categoría de la completitud. Pero la canción está completa así como además incompleta: siempre se recrea.

 

A diferencia de otras formas de arte (las plásticas por ejemplo) la música necesita constante movimiento para existir. Cada movimiento (o reproducción dentro del lenguaje musical) es único e invita a una recreación que logra llevar a quien la escucha a un estado de inmediato bienestar. No en vano la palabra que se usa en inglés para reproducir la música es play, una palabra que nos invita a divertirnos en un juego familiar pero que siempre puede arrojar resultados diferentes. Una escucha a una misma canción hoy puede evocar recuerdos de un sitio, una relación o una querencia mientras que en 10 años la misma canción puede evocar otras cosas, inclusive sitios, relaciones o querencias opuestas a la primera evocación.