Transitar no es vivir. Recorre, conoce y disfruta tu ciudad

Varios factores nos han obligado a regresar a los espacios cerrados, a cultivar el hábito de vivir en interiores. El clima, los peligros naturales, la falta de espacios públicos, entre otros, han obligado al ser humano a resguardarse del espacio exterior en el pasado.

Hoy esos factores se han atenuado bastante: ropa para casi toda clase de clima y reguladores de temperatura en lugares públicos, peligros como animales depredadores o inclemencias meteorológicas no representan un problema. En los últimos años se ha promovido y construido la cultura del espacio público o de esparcimiento. Sin embargo, ¿Qué nos impide hoy salir y vivir la ciudad?

1) El internet. Los dispositivos electrónicos que nos conectan con la red parecen haber sustituido, de alguna manera, la vivencia personal y directa. La vivencia a través del medio se hace evidente: todo parece alejarse más y nosotros parecemos aislarnos más.

El exterior se vuelve espacio de tránsito y no espacio de disfrute

2) El modo de vida al que estamos acostumbrados nos dirige de la casa a la oficina, de la oficina al gimnasio, del gimnasio a la casa. El exterior se vuelve espacio de tránsito y no espacio de disfrute.

No quiero decir con esto que tenemos que desconectar los televisores, quitarle la batería a los teléfono, cancelar el internet. Creo que a través de estos medios podemos redescubrir otros modos de vivir afuera, de experimentar la ciudad y sus posibilidades. No solo por las nuevas aplicaciones que nos facilitan conseguir un café o restaurant ideal, creo que podemos aprovechar el modo de movernos en la red -brincando de link en link, de interés en interés, ese modo inquieto y curioso- para movernos en la ciudad y descubrirla no solo como tal o cual avenida, tal o cual estatua, sino como un organismo que cambia diariamente. Tampoco quiero decir que para disfrutar la ciudad debemos llegar tarde a la oficina, pero tomar un poco de tiempo de la hora de almuerzo para recorrer, por gusto, lo que nos rodea, no nos dañará.

Vivir en la ciudad, vivir a la ciudad, es algo que no se nos enseña, es algo que debemos descubrir por nosotros mismos. No pensemos en las rutas o lugares turísticos, esos ya los conocemos bien. El hábito de descubrir la ciudad es conocer sus historias y leyendas, saber por qué esta calle se llama así, y cómo se llamaba antes, conocer a su gente cotidiana, a la gente que vemos todos los días en el café, en el ascensor, los espíritus curiosos encontrarán su más infinita fuente de inspiración en estos recorridos. Estar dispuesto a notar esos pequeños detalles que la componen, porque las ciudades no son solamente sus grandes edificios, al igual que las personas no son solo sus cuerpos. Dejarse sorprender por las pequeñas mutaciones diarias que cubren nuestro recorrido cotidiano.

La idea de probar esta manera de habitar y recorrer la ciudad es, además de conocer nuestro lugar mejor, a fondo y con cariño, sentirnos mejor con nosotros mismos, conocernos mejor a nosotros mismos, descubrir nuestros gustos y desarrollar nuestra curiosidad. Hacemos tres, hasta donde logro darme cuenta, actividades a la vez: nos ejercitamos, conocemos la ciudad y descubrimos gustos nuevos. No hay nada más satisfactorio que poder hablar de tu ciudad, de tu cuadra, con soltura y propiedad.

¡A animarse con los recorridos inéditos y a volver la curiosidad por la ciudad un hábito!

La rutina: el hábito que nos ponemos todos los días

Te levantas, vas al baño, te cepillas los dientes, te estiras, desayunas generalmente lo mismo, te bañas, te vistes, sales a trabajar o a estudiar. Indiferentes al orden, ¿no son nuestras mañanas terriblemente iguales?

Podemos responder que es una cuestión de tiempo. Es más fácil generar una rutina y apegarse a ella que improvisar: “¿Y si hoy, en medio de la uniforme semana, me preparo un par de dulces panquecas y salgo de mi rutina? ¿Agarraría más cola camino al trabajo?  ¿Tendría que escuchar otra vez a mi jefe explicar que él me paga cada minuto de las ocho horas de trabajo? Mejor no hago las panquecas y continúo mi día, como hago todos los días.”

Debemos dejar de ver las pequeñas cosas como actos rutinarios recorridos con ojos ciegos

Pareciera que la rutina nos ayuda con la efectividad de actividades que, en una situación ideal, sustituiríamos por trabajo, estudio o recreación. ¿Recuerdas cuando, de pequeño, te fastidiaba comer y bañarte?

Sin embargo, lo que sentimos por nuestras rutinas diarias no es aborrecimiento infantil, sino indiferencia. Pasamos por alto una cantidad impresionante de horas en nuestro día y entramos en lo que se llama “automatismo”. Al tener nuestra atención enfocada en dos o tres actividades perdemos la noción de continuidad y terminamos recordando solo los grandes acontecimientos. Pero, ¿qué pasa con las hojas cayendo del árbol sacudido por el viento? Debemos dejar de ver las pequeñas cosas, o los tránsitos, como actos rutinarios recorridos con ojos ciegos por el futuro que no llega aún.

Propongo que cambiemos el hábito de rutina que nos ponemos todas las mañanas, por un hábito más fresco y menos uniforme: el hábito de vivir con plenitud. ¿No les ha pasado que un día, sin razón aparente, lo más natural y cotidiano del mundo les causa una sensación de extrañeza?

A mí me pasó una vez, con mi gato: lo vi sentado en el piso y me pareció que era imposible que un animal tan extraño existiera de verdad, y me pregunté por qué tenía cola, por qué se sentaba sobre sus patas traseras, por qué tenía orejas, nariz y boca tan raras. Esa sensación de extrañeza es el cuerpo, el ojo, advirtiéndonos que estamos pasando por alto muchas cosas de nuestro día a día.

Hay que comenzar por la salida del sol: al despertar estirarnos con gusto y sin prisa, porque si no tratamos bien a nuestro cuerpo ¿quién lo hará? Variar el desayuno es ideal, así tomemos un plato de cereal: que un día sea con cambur, otro con fresa, otro con miel y así.

Recorrer con curiosidad el camino que recorremos todos los días, quién sabe qué cosas nuevas o interesantes hemos estado pasando por alto todo este tiempo: algo que me ayuda mucho es fijarme en los árboles o las nubes, ellos cambian todos los días.

¡No hay que dejar que el tiempo nos intimide y hay que animarnos a ver el mundo moverse y transformarse!

El hábito de la curiosidad

Nos sorprendemos y hasta desconfiamos de los curiosos: médicos que conocen de literatura; literatos que entienden de astrofísica; ingenieros que saben de música. Nos ocurre igual cuando leemos las biografías de ciertos personajes de la historia, pensemos en Leonardo da Vinci que como pintor, anatomista, arquitecto, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista, es el modelo paradigmático de esta nuestra estirpe de curiosos. ¿Cómo pueden comprender disciplinas en apariencia tan disímiles? ¿Cuáles son sus hábitos?

Al imaginar la vida de estas personas podríamos caer en el lugar común de pensar que son unos come-libros, que no tienen vida social y que no hacen algo distinto a enfocarse en sus distintos proyectos. ¿De dónde sacan el tiempo y la fuerza? ¿Cómo pueden cambiar del hemisferio derecho al izquierdo con tanta rapidez? ¡Además de tener habilidades físicas o mecánicas, también poseen una ubicación espacial y manos dibujantes!

Los curiosos de la actualidad navegan sobre cuanta disciplina o arte les interese, con la intención de satisfacer su curiosidad

¿Cómo pueden realizar tantas ocupaciones y desarrollar tantos intereses? ¡Es imposible que lo hagan todo bien! A los simples mortales, que adoramos esta especie de semidioses, nos produce ansiedad no poder desarrollar nuestros intereses –que también son variados– de la misma manera. Conceptos como especialización y éxito, nos hacen dudar del sentido de nuestros intereses. Fuerzas que consideramos mayores, como el tiempo o la necesidad, nos aplastan la curiosidad y nos obligan a transitar el camino de los uniformados: ¿Para qué te va a servir eso? Solemos escuchar.

 

Creo que la clave está en no enfocarse en un proyecto único, no perseguir la especialización. Si bien no podemos saber cómo hizo Leonardo –de hecho, hay teorías que especulan sobre eso–, podemos observar a nuestros curiosos contemporáneos y tratar de sondear su comportamiento: no tienen cronogramas de actividades, no se pasan un switch en el cerebro y no tienen la preocupación de hacerlo todo bien según los estándares sociales. Estas personas tienen el hábito de la curiosidad. Navegan sobre cuanta disciplina o arte les interese, no con la intención de dominarla enteramente, sino de satisfacer, más no agotar, su curiosidad. Y, por supuesto, si la navegación no satisface la curiosidad, habrá que sumergirse y explorar el fondo.

La intuición es el asta que sostiene la vela mayor del barco que es la curiosidad

Cuando buscamos el término “polimatía” en Wikipedia sale una foto de Leonardo al lado de la explicación: “individuo que conoce, comprende o sabe de muchos campos”. Lo relacionan con la sabiduría y con una manera particular de ver el mundo. Creo que no se trata de un saber acumulativo: no es que yo puedo manejar más disciplinas o artes que otros; sino que tengo la intuición de que, entre la programación de una aplicación y la composición de una pieza de piano, hay una correspondencia secreta o que la fuerza que mantiene a los astros en su órbita es la misma que impulsa el comienzo de una novela.

 

La intuición es el asta que sostiene la vela mayor del barco que es la curiosidad, ella es la columna vertebral de nuestro impulso. Tomar este rumbo es posible y creo que cuanto más perdidos nos sentimos es cuando más hay que confiar en la intuición y en la curiosidad. No hace falta la fuerza de un semidiós para poder emprender este viaje. El secreto lo llevamos dentro, solo hay que recordar cómo veíamos el mundo cuando éramos niños.