El hábito de rutina diaria

La rutina: el hábito que nos ponemos todos los días

Te levantas, vas al baño, te cepillas los dientes, te estiras, desayunas generalmente lo mismo, te bañas, te vistes, sales a trabajar o a estudiar. Indiferentes al orden, ¿no son nuestras mañanas terriblemente iguales?

Podemos responder que es una cuestión de tiempo. Es más fácil generar una rutina y apegarse a ella que improvisar: “¿Y si hoy, en medio de la uniforme semana, me preparo un par de dulces panquecas y salgo de mi rutina? ¿Agarraría más cola camino al trabajo?  ¿Tendría que escuchar otra vez a mi jefe explicar que él me paga cada minuto de las ocho horas de trabajo? Mejor no hago las panquecas y continúo mi día, como hago todos los días.”

Debemos dejar de ver las pequeñas cosas como actos rutinarios recorridos con ojos ciegos

Pareciera que la rutina nos ayuda con la efectividad de actividades que, en una situación ideal, sustituiríamos por trabajo, estudio o recreación. ¿Recuerdas cuando, de pequeño, te fastidiaba comer y bañarte?

Sin embargo, lo que sentimos por nuestras rutinas diarias no es aborrecimiento infantil, sino indiferencia. Pasamos por alto una cantidad impresionante de horas en nuestro día y entramos en lo que se llama “automatismo”. Al tener nuestra atención enfocada en dos o tres actividades perdemos la noción de continuidad y terminamos recordando solo los grandes acontecimientos. Pero, ¿qué pasa con las hojas cayendo del árbol sacudido por el viento? Debemos dejar de ver las pequeñas cosas, o los tránsitos, como actos rutinarios recorridos con ojos ciegos por el futuro que no llega aún.

Propongo que cambiemos el hábito de rutina que nos ponemos todas las mañanas, por un hábito más fresco y menos uniforme: el hábito de vivir con plenitud. ¿No les ha pasado que un día, sin razón aparente, lo más natural y cotidiano del mundo les causa una sensación de extrañeza?

A mí me pasó una vez, con mi gato: lo vi sentado en el piso y me pareció que era imposible que un animal tan extraño existiera de verdad, y me pregunté por qué tenía cola, por qué se sentaba sobre sus patas traseras, por qué tenía orejas, nariz y boca tan raras. Esa sensación de extrañeza es el cuerpo, el ojo, advirtiéndonos que estamos pasando por alto muchas cosas de nuestro día a día.

Hay que comenzar por la salida del sol: al despertar estirarnos con gusto y sin prisa, porque si no tratamos bien a nuestro cuerpo ¿quién lo hará? Variar el desayuno es ideal, así tomemos un plato de cereal: que un día sea con cambur, otro con fresa, otro con miel y así.

Recorrer con curiosidad el camino que recorremos todos los días, quién sabe qué cosas nuevas o interesantes hemos estado pasando por alto todo este tiempo: algo que me ayuda mucho es fijarme en los árboles o las nubes, ellos cambian todos los días.

¡No hay que dejar que el tiempo nos intimide y hay que animarnos a ver el mundo moverse y transformarse!

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