El hábito de idealizar el sexo

Él abre la puerta y la empuja con decisión al interior de la habitación. Ella se abalanza sobre él, aterrizando en el tocador. Mientras lo devora a besos y lo toquetea, se desprende salvajemente de su ropa. La pasión comienza a elevarse dentro de los dos y afloran los instintos animales más recónditos de su ser. Sus actos parecen estar sincronizados con la música de fondo. Llegan al clímax y finalmente se desploman exhaustos después de alcanzar el cielo al unísono. Después de todo ella sigue con el rímel intacto en sus pestañas.

Lo descrito anteriormente es uno de los miles de estereotipos que rodean el sexo, y es que todas aquellas personas que piensan en encuentros de película terminan aumentando sus frustraciones, sus expectativas hacen que casi nadie dé la talla en el acto sexual.

Ahí radica el verdadero poder de los medios masivos: son capaces de redefinir la normalidad
Michael Medvedanfitrión de show en radio, autor, crítico de cine y comentador político

En estas películas, los protagonistas parecen estar muy seguros de sí mismos y no poseen ningún tipo de vergüenza sobre su cuerpo. Eso sin contar que dentro del frenesí animal no cometen ninguna torpeza y que siempre alcanzan el clímax al mismo tiempo.

Si algo debemos tener en cuenta es que le sexo de película sólo se encuentra en las películas y es allí donde podemos citar a Michael Medved quien expone que “ahí radica el verdadero poder de los medios masivos: son capaces de redefinir la normalidad”. El desencuentro entre las expectativas y vivencias es, sin duda, el principal motivo de nuestras frustraciones sexuales.

Vivimos en una sociedad teóricamente avanzada y abierta, pero en la práctica todavía existen muchas personas que no se sienten cómodas al hablar de su sexualidad. Una pregunta común es la frecuencia con la que tenemos relaciones sexuales. Si colocamos en una balanza el deseo de los miembros de la pareja, normalmente se inclinará hacia uno de los dos lados, siendo un mito que siempre basculará hacia el lado masculino. Sin embargo, colocar números en un acto que no debería ser nada más que placentero, confunde.

Colocar números en un acto que no debería ser nada más que placentero, confunde

En la actualidad, la sociedad nos hace creer que para alcanzar la felicidad tiene que haber montones de encuentros sexuales en nuestras vidas. Siendo reprimida de manera forzosa aquella persona a la que le apetece poco el sexo o a la que en caso contrario le apetezca más de lo estipulado por las estadísticas.

Otro problema que nunca imaginamos, y es precisamente porque no se ve en películas o libros románticos, es el tan temido “no”. Si a uno de los miembros de la relación no le apetece, quizá por sentirse mal con su propio cuerpo o porque él no alcanzó una erección anteriormente y no quiere que vuelva a suceder, pero aun así siente vergüenza de confesarle el motivo a su pareja, ella pensará que él ya no la quiere o que está con otra y la maraña emocional irá aumentando. Teniendo como única solución la comunicación.

En nuestra sociedad la penetración se encuentra en un pedestal, obviamente el pene va con ella. Siendo las relaciones sexuales entre dos mujeres la que varía con mayor frecuencia la forma en llegar al orgasmo y poniendo algunas veces la penetración como una opción y no como un factor primordial. Sin embargo, en los otros casos mujer-hombre u hombre-hombre, aqueja un complejo que se ha implantado por la sociedad: las cuestiones métricas.

Los centímetros adquieren una importancia descomunal tanto para el hombre como para la mujer, siendo risible que, incluso estadísticamente hablando, la mayoría de los casos se encuentran dentro de lo que se considera “normal”, y aunque no lo estuvieran, el placer no depende de los centímetros. ¿Por qué? Porque la estimulación importante no es la vaginal sino la del clítoris.

Finalmente, cuando recordamos una vivencia sexual, recordamos los detalles y no el momento tan puntual. Y como dicen los sabios “Cuanto más saboreemos el camino sin obsesionarnos con llegar a una meta, más gozaremos y, paradójicamente, más probabilidades tendremos de llegar a esa cima”.

Un buen hábito: el juego previo.

Como es claramente conocido, los hábitos son aquellas conductas que caracterizan a cualquier sujeto visto desde la individualidad, así como también, el hombre en interacción con los demás. Dícese esto como patrones de comportamiento repetidos durante un período de tiempo o, quizás, patrones de conducta marcados a lo largo de toda nuestra vida.

 

Evidentemente estos hábitos han de repercutir o proyectarse en el camino de un individuo en forma de ganancia o de pérdida, según sea el caso de esta rutina.

Ahora bien, el preámbulo desde un enfoque general procede de un vocablo latino llamado praeambŭlus, el cual hace referencia a aquello que “se sitúa delante”. En este sentido, el preámbulo en el encuentro sexual será ese juego previo o de calentamiento que los individuos realizamos para elevar el deseo de nuestra pareja y el de nosotros mismos; es un intercambio infinito de sensaciones y estímulos previos, producto del apetito carnal por el otro.

El preámbulo es un intercambio infinito de sensaciones y estímulos previos, producto del apetito carnal por el otro.

Por otra parte, y haciendo mención a un poquito de historia, Epicuro fue un personaje de la antigua Grecia considerado como el mayor representante en defensa de los placeres del hombre. El hedonismo de Epicuro se entendía como aquella búsqueda infinita de goces, entre los cuales se encontraba el placer carnal o sexual. Apoyaba firmemente la teoría de que estos llamados placeres del cuerpo, tenían que ser estrictamente considerados como un hábito, puesto que generaban un estado de bienestar, el cual le dotaba a aquel individuo el equilibrio en su vida. 

 

En relación a esto, el preámbulo en el encuentro sexual ha de suponerse como pieza clave y elemental en el desarrollo del proceso en cuestión, puesto que éste determinará el camino hacia el triunfo o fracaso de una relación de pareja, si aceptamos el hecho de que el sexo es indudablemente una de las bases fundamentales de la misma.

Explote al máximo esa capacidad infinita de creación que como ser humano posee

Llegado a este punto, es pertinente hacerse las siguientes preguntas para evaluarnos como amantes: ¿Cómo complazco a mi pareja?, ¿Qué le gusta?, ¿Cuáles son sus intereses referidos a este encuentro?, ¿Le gustará como le abordo? ¿Estaré realmente pensando en ella o él, o quizás estaré situándome en un papel de individualismo y egoísmo?.

Seguido a esto, es cuando usted debe armarse con el arsenal de la creatividad y los juegos. El chocolate, las frutas, un masaje corporal, el juego de roles, cremas y hasta los aromas podrían brindarle un encuentro efectivo con su pareja. Tenga el hábito de complacerle, de hacerle entender a esa persona que es importante en su vida y por eso, previo al hecho, usted entrega lo mejor de sí para generar un ambiente cálido y confortable. Haga de ese juego previo una experiencia divertida, interesante, explote al máximo esa capacidad infinita de creación que como ser humano posee.

 

Es importante tomar en cuenta que aunado a este preámbulo, otro factor que influye verdaderamente en el éxito de su relación, es la comunicación efectiva con su par, ya que sin la adecuada conexión podríamos caer en el abismo de la rutina, del automatismo sexual y llegar inevitablemente a la ruptura y separación.

El juego previo debe ir de la mano de la comunicación efectiva con su par

El hábito de este juego previo, aviva el romanticismo en ambas partes y seguramente usted disfrutará de una maravillosa experiencia al lado de su ser amado. Recuerde que la combinación de respeto, conocimiento del otro, la comunicación y un buen sexo, es la llave maestra que le permitirá mantener viva su relación.